Galicia 1991 (2)

Llegamos a Salamanca ya entrada la tarde. Pasear por su centro histórico fue como adentrarse en un escenario de piedra dorada. La ciudad tenía una luz especial, casi cálida, incluso al caer el día. Dormimos allí, con la sensación de estar en un lugar que merecía algo más que una visita apresurada.

El miércoles 27 fue enteramente salmantino. La Plaza Mayor nos acogió como solo ella sabe hacerlo: abierta, armónica, viva. Entramos después en la Catedral Vieja y el Patio Chico, donde el tiempo parecía detenido, y pasamos a la Catedral Nueva, monumental y solemne. El palacio de Anaya, la Clerecía y la Universidad nos hablaron de saber, de historia y de generaciones enteras dedicadas al estudio. En las Escuelas Menores y ante la Casa de las Conchas, sonreímos con esa alegría tranquila que da el turismo sin prisas, compartido.

Salamanca no fue solo una ciudad que visitamos; fue un lugar que se nos fue metiendo dentro poco a poco. Aquella tarde del martes, cuando empezamos a recorrer su centro histórico, sentí que caminábamos sobre siglos de historia viva. La piedra dorada de sus edificios parecía absorber la luz del atardecer y devolverla suavizada, casi como si la ciudad respirara con nosotros.

La Plaza Mayor fue el corazón de ese descubrimiento. No es una plaza que se imponga, sino que acoge. Nos sentamos allí un rato, observando a la gente, escuchando conversaciones ajenas, sintiendo que formábamos parte, aunque solo fuera por unas horas, del pulso cotidiano de la ciudad. Al día siguiente volvimos con calma, recorriéndola despacio, admirando su equilibrio perfecto, esa armonía que solo logran los espacios pensados para ser vividos.

Los medallones que decoran los cuatro lados son una de las características más destacadas del lugar. En ellos se representan personas que vivieron en Salamanca, con repercusión en la historia de España. Reyes como la reina Isabel la Católica, exploradores, como Hernán Cortés o Cristóbal Colón y escritores como Miguel de Unamuno, o Antonio de Nebrija la decoran.

La ciudad de Salamanca cuenta con dos catedrales, una vieja y una nueva. La Catedral Vieja data del siglo XIII y la nueva del siglo XVI. Los templos comparten un muro y la torre más alta. La Fachada del Domingo de Ramos tiene entre la decoración un astronauta, detalle que dejó el restaurador de la fachada en el s. XX. Del interior destaca el Cristo de las Batallas, del Cid, y el retablo y capillas de la Catedral Vieja. La catedral vieja nos impresionó por su recogimiento. Al pasar a la catedral nueva, el contraste fue inmediato: la monumentalidad, la altura, la sensación de pequeñez que provoca lo grandioso. Recuerdo levantar la vista y pensar en las manos que, durante generaciones, habían levantado piedra sobre piedra.

El Patio Chico, casi escondido, nos ofreció un rincón de silencio y sombra donde el tiempo parecía suspendido.

El palacio de Anaya y la Clerecía nos hablaron del poder y del saber, de una ciudad construida alrededor del estudio y la fe.

En la Universidad sentimos algo especial. No era solo un edificio; era la conciencia de que por allí habían pasado miles de jóvenes persiguiendo un futuro, cargados de dudas y esperanzas.

En la calle Libreros se encuentra el campus medieval de la Universidad de Salamanca. El edificio histórico, con su famosa fachada plateresca, no deja a nadie indiferente. Nos entretuvimos, como buenos turistas, en encontrar entre toda la decoración la famosa rana escondida. Según la leyenda, si puedes encontrar la rana sin ayuda, te traerá suerte. Sin embargo, como decía Miguel de Unamuno, “No es lo malo que vean la rana, sino que no vean más que la rana”.

Visitamos el interior para conocer el claustro, la biblioteca y el aula de Fray Luis de León, intacta.

El Patio de Escuelas Menores estaba destinado a ser instituto, lugar de formación para acceder a la universidad. En él se encuentra el Cielo de Salamanca, un fresco del siglo XV que representa las constelaciones y que se utilizaba para enseñar astrología, además de decorar la biblioteca antigua.

La Casa de las Conchas, tan singular y simbólica, cerraron para nosotros una Salamanca que ya entonces intuía que volveríamos a visitar. Es el palacio más famoso de Salamanca. Su decoración exterior de conchas hace las delicias de todos los que la visitan. Se terminó de construir cuando Rodrigo Maldonado se acababa de casar con Juana Pimentel. De hecho, según una teoría, la decoración de conchas se debe al amor de Rodrigo por su mujer, quien quiso utilizar uno de los símbolos del escudo de Juana (la concha) para llenar la fachada.

Por la tarde pusimos rumbo a Galicia. El trayecto hasta Vigo fue largo, pero la llegada tuvo algo de recompensa. Cenamos una estupenda mariscada en el restaurante Rías Baixas II, y aquel momento quedó grabado con una nitidez especial. La mesa se llenó de mariscos que para nosotros, en aquel entonces, tenían algo de lujo y de ceremonia. Recuerdo a May frente a mí, disfrutando no solo de la comida, sino del ambiente, del murmullo del local, de la sensación de estar exactamente donde queríamos estar. Compartíamos miradas cómplices, comentarios tranquilos, esa manera tan nuestra de disfrutar sin estridencias.

Buena y Ara aportaban entusiasmo y curiosidad, comparando sabores, celebrando cada plato, especialmente Buena, que demostró sus dotes con nécoras y bueyes de mar. Apareció por vez primera el Albariño, fresco y vibrante, acompañando la conversación y reforzando la sensación de estar viviendo algo especial. No fue una cena cualquiera: fue uno de esos momentos en los que el grupo se cohesiona, en los que el viaje deja de ser itinerario para convertirse en experiencia compartida.

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Galicia 1991 (1)

Aquel martes 26 de marzo de 1991 comenzó antes de que amaneciera, con los últimos premiados en la sesenta y tres edición de los Premios Óscar, que tuvo como gran triunfadora a «Bailando con lobos», ganadora de siete premios, incluyendo Mejor Película y Mejor Dirección para Kevin Costner.

Recuerdo especialmente a May aquella madrugada. Mientras cargábamos el coche en silencio, todavía con el sueño pegado a los gestos, su presencia me transmitía una calma serena. No hacía falta hablar mucho: bastaba una mirada cómplice para saber que aquel viaje no era solo un desplazamiento geográfico, sino una experiencia que estábamos empezando a construir juntos.

Buena y Ara aportaban ese punto de energía distinta, complementaria. Entre los cuatro se creó desde el inicio una dinámica natural: comentarios prácticos, bromas suaves para espantar el cansancio, silencios compartidos que no resultaban incómodos. May iba sentada a mi lado, atenta al camino, señalando detalles del paisaje cuando la luz comenzaba a insinuarse. Buena y Ara, delante, alternaban conversaciones animadas con momentos de recogimiento, creando un ambiente equilibrado, familiar, dentro del coche.

Murcia aún dormía cuando cargamos el coche y emprendimos camino hacia el norte. Íbamos May y yo, junto a Buena y Ara, con esa mezcla de expectación y cansancio que solo tienen los viajes largos iniciados de madrugada. Recuerdo el silencio de las primeras horas, roto apenas por la radio baja y por la sensación de estar saliendo, no solo de casa, sino de lo cotidiano.

A media mañana, el Alto de los Leones nos recibió cubierto de nieve. No era una nevada violenta, pero sí suficiente para transformar el paisaje en algo casi irreal. Nos detuvimos allí, abrigados, contemplando aquella frontera natural entre mesetas, conscientes de que el viaje empezaba a adquirir un tono especial. La carretera, el frío y la luz blanca nos hicieron sentir lejos de todo muy pronto.

Ávila fue nuestra primera gran parada cultural. Las murallas, recias y perfectamente recortadas contra el cielo, nos impresionaron por su sobriedad. Todos los datos alrededor de ellas son abrumadores. Desde su antigüedad, más de dos mil años, hasta sus dimensiones con dos mil quinientos dieciséis metros de longitud, sus ochenta y siete torreones, nueve puertas de acceso y un grosor de los muros de tres metros.

Entramos por la puerta de San Vicente (Casa de las Carnicerías), imaginando siglos de pasos antes que los nuestros. Sorprende que aún permanezca en pie esta construcción que tiene su origen en el siglo I a.C. cuando los romanos erigieron las primeras murallas. A lo largo de los siglos han sufrido restauraciones y cambios, pero sin alterar demasiado el diseño que tenía en la Edad Media. El trazado actual data del siglo XI pero se aprovecharon partes de la muralla romana. Como detalle curioso, el cimborrio de la catedral quedó incrustado dentro de las murallas cuando fue erigida en el siglo XII.

La catedral de Ávila sorprende por su aspecto de castillo o fortaleza en el exterior y por un bellísimo interior. Está considerada la primera catedral gótica de España y su construcción comenzó en el año 1172. Al traspasar la puerta principal llama la atención inmediatamente el color de la piedra con la que está construida. Este granito llamado caleño tiene la peculiaridad de tener un veteado de color rojizo por lo que se le conoce como sangrante. Austera y poderosa, nos llevó hasta la capilla de Santa Teresa, donde el silencio parecía tener peso propio.

En la Basílica de San Vicente, románica y solemne, sentimos esa mezcla de recogimiento y admiración que solo provocan los lugares que han resistido intactos al tiempo. Situada fuera de las murallas de Ávila, su exterior es una mezcla de estilo románico y gótico. Su construcción se inició en el siglo XII en honor a tres hermanos que fueron martirizados en el siglo IV.

Lo más interesante del exterior de la Basílica de San Vicente son sus bellísimos ábsides románicos, el pórtico lateral ubicado en la cara sur que en algún momento de la historia albergó un cementerio y la asimétrica fachada que parece inacabada.

Llegamos a Salamanca ya entrada la tarde. Pasear por su centro histórico fue como adentrarse en un escenario de piedra dorada. La ciudad tenía una luz especial, casi cálida, incluso al caer el día. Dormimos allí, con la sensación de estar en un lugar que merecía algo más que una visita apresurada.

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Cuenca 1990 (y 3)

A la mañana siguiente nos dirigimos al extremo noroccidental de la provincia de Cuenca, donde se encuentra el Nacimiento del Río Cuervo, sobre la Muela de San Felipe, en el municipio de Vega del Codorno, en plena Serranía de Cuenca y dentro del Parque Natural de la Serranía de Cuenca.

Declarado Monumento Natural en 1999 y con un área de más de mil setecientas hectáreas, este conocido nacimiento se trata de un manantial travertínico de gran belleza, que nace a unos mil cuatrocientos setenta metros de altitud sobre el nivel del mar, donde el agua brota y se escurre por enormes estalactitas de roca calcárea recubierta de musgo, formando unas largas chorreras que se congelan en invierno y ofreciendo una bella estampa.

Aquí, el agua, la vegetación, las rocas, la fauna, todo ello está combinado en un ecosistema rico, exuberante y repleto de vida que te hace despertar todos los sentidos. En este enclave se dan la mano materiales calcáreos con el agua que, aunque con momentos de baja pluviosidad, comprende muchas precipitaciones a lo largo del año.

El agua se filtra, circula y se distribuye a través de las distintas oquedades y galerías de la roca hasta alcanzar diversos manantiales, del que este nacimiento es el más importante. El agua se carga de carbonatos en esta circulación subterránea y, cuando surge al exterior, los deposita dando lugar en algunos casos a formaciones tan espectaculares como las propias cascadas tan famosas.

La Muela de San Felipe presenta un vistoso paisaje kárstico, muy bien desarrollado, con una buena representación de lapiaces, dolinas, ciudades encantadas y simas, fruto de la dinámica de infiltración del agua en la roca caliza.

De vuelta a casa hicimos una pequeña parada en Alarcón, un bonito pueblo medieval que posee uno de los recintos fortificados mejor conservados de España. La silueta del castillo con la muralla alrededor y el embalse delante son una estampa digna de ver.

La villa de Alarcón se encuentra rodeada por tres filas de murallas, cada una con su puerta de entrada y torreones. La primera puerta que hay que atravesar es la Puerta del Campo, con la torre del mismo nombre (o torre de armas). A continuación, está la puerta del Calabozo o puerta de En medio. Por último está la puerta de Chinchilla o de las Moreras. Desde la Puerta del Campo se tienen unas bonitas perspectivas del castillo.

A la salida del pueblo se encuentra el Castillo de Alarcón, que hoy en día alberga un Parador Nacional, pero pudimos acceder libremente al patio interior del castillo.

El Castillo del Marqués de Villena, es uno de los lugares más curiosos que ver en Alarcón. Se encuentra ubicado en el Pico de los Hidalgos, desde donde se obtienen unas preciosas vistas del meandro del río Júcar. Fue construido sobre una antigua fortaleza musulmana en el siglo XII, aunque se hicieron modificaciones posteriores como la torre del Homenaje añadida entre los siglos XV y XVI.

Un bonito broche final a una preciosa escapada a la ciudad de Cuenca, a la que esperamos, volver algún día para visitarla con el detenimiento que se merece.

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Cuenca 1990 (2)

Tras la comida nos dirigimos a la Ciudad Encantada, situada en un extenso pinar en medio de la Serranía de Cuenca, cerca del pueblo de Valdecabras, uno de los más bellos parajes calcáreos creado por los caprichos de la naturaleza. En un laberinto de formaciones rocosas aparecen fantásticas figuras bautizadas por la imaginación popular con nombres de animales y objetos.

Todo el recorrido está señalizado, resultando su visita un agradable paseo. Con sus puentes calles plazas y moradores pétreos esta ciudad imaginaria fue declarada Sitio Natural de Interés Nacional el 11 de junio de 1929. Su formación geológica se remonta a la Era Secundaria.

La Ciudad Encantada se sitúa en la comarca más húmeda de la provincia, muy variada y de complicada topografía, donde los ríos han labrado profundos valles que la fragmentan en una serie de mesetas «muelas» y cumbres más o menos planas, alternadas por profundos valles denominados «hoces» de increíble y sorprendente belleza, labrados por los ríos, Júcar, Escabas, Cuervo y Guadiela.

Las formaciones más representativas que podemos encontrar se encuentran todas indicadas con un cartel identificativo, entre las que destacan El Tormo Alto, un monolito de veinte metros, milagro o juego de equilibrio, emblema de la Ciudad Encantada. El perro, guardián de una ciudad petrificada, asemeja un fox terrier.

La Cara del hombre, un monumental busto de nariz aguileña y boina. El Puente romano, un arco Horadado en la roca, arquitectura natural. La foca, una enorme figura imaginaria que representa una foca haciendo juegos malabares con su hocico.

Los Osos, unos enormes pedruscos que recuerdan dos osos. El tobogán, un estrecho y largo callejón rocoso de varios desniveles. El mar de piedra, una plana y extensa superficie rocosa donde la erosión del agua creó formas que simulan olas y ondas marinas.

La Lucha del Elefante y el Cocodrilo, unas enormes y caprichosas rocas que asemejan la encarnizada lucha de un elefante que lanza su trompa a las fauces de un cocodrilo. El Hipopótamo, una inmensa roca zoomorfa que recuerda un hipopótamo.

El Convento, un arco ojival en una pared rocosa nos transporta a la edad media. Los Hongos, enormes bloques de piedra asemejan hongos gigantes entre los pinos. La Tortuga, la abertura en lo alto de una inmensa roca parece una tortuga con su cabeza fuera del caparazón.

Los Amantes de Teruel, bloques de roca que parecen los bustos de un Hombre y una mujer intentando besarse. Los barcos, tres enormes moles de piedra, una flota invencible anclada en la sierra.

De vuelta a la ciudad, a las afueras del pueblo de Villalba de la Sierra, encontramos el Mirador del Ventano del Diablo, un imponente balcón abovedado excavado en la roca por la mano del hombre, con unas espectaculares vistas al cañón del Río Júcar, cuyas aguas frías y cristalinas avanzan alegres y sinuosas precipitándose a su encuentro con la ciudad de Cuenca.

Desde aquí arriba es fácil ver el elegante vuelo de los buitres leonados que habitan en los roquedos colindantes, pero el verdadero protagonista es un Río Júcar limpio, transparente y bellísimo que se pierde en la inmensidad del abismo, allá donde acaba la frondosa pinada.

Ya en Cuenca, paseamos por los alrededores del hotel y aprovechamos para tapear en una céntrica calle.

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Cuenca 1990 (1)

Nuestra primera escapada tras la maravillosa experiencia de nuestro viaje a Marruecos tuvo como destino Cuenca. Finalizada la jornada laboral pusimos rumbo a esta ciudad castellano manchega a la que llegamos a media tarde para alojarnos en el Hotel Alfonso VIII, en pleno centro urbano, junto al Parque de San Julián. Tras hacer el check in, teníamos el tiempo justo de dar un primer paseo por la ciudad antes de cenar en el restaurante del hotel, ubicado en su terraza, con unas estupendas vistas y con una maravillosa cocina.

En nuestra primera mañana en la ciudad nos dirigimos a la Catedral de Santa María y San Julián atravesando la Plaza Mayor, que era la antigua Plaza de Santa María, debido a su antiguo nombre y al comercio que se ofrecía en aquella época en el que se celebraba un mercado semanal de venta de capachos, esteras, serones y los pescados provenientes de los ríos de la ciudad, principalmente el Júcar (en la época de los romanos se conocía como río Sucro). También fue conocida como plaza del Rollo o de la Picota, pues en ella tenían lugar los castigos públicos. La Plaza Mayor fue el escenario de subastas, procesiones o corridas de toros. Esta plaza se encuentra rodeada de edificios de fachadas de colores, entre los que destaca el Ayuntamiento de estilo barroco y con tres arcos de medio punto, el Convento de las Petras y la impresionante catedral de Cuenca. Además, adosado a la catedral, está el palacio Episcopal que alberga el Museo Diocesano.

La Catedral fue el primer edificio que se construyó en Cuenca tras la reconquista. Se trata de un edificio que, salvo peculiaridades y simplificaciones, se puede incluir en la categoría de Primer Gótico francés, es decir, perteneciente a esa corriente del siglo XII previa al gótico clásico.  En el momento de comenzarse a construir la catedral, el estilo imperante en los reinos cristianos era todavía el románico, por lo que no nos debe extrañar que fueran los extranjeros de la corte del rey Alfonso VIII quienes introdujeran los aires góticos en esta catedral.

El exterior destaca por su enorme fachada gótica que tuvo que reconstruirse en el siglo XX, debido a un derrumbe y aunque el exterior impresiona, el interior no se queda atrás con sus más de 20 preciosas capillas, el Coro, la Sacristía Mayor, la Sala Capitular, el Claustro, el Arco de Jamete y la Torre del Ángel.

Nos dirigimos después al Puente de San Pablo, sin duda el mejor punto para sacar la foto más típica de las Casas Colgadas. Este puente, construido en hierro y madera en el año 1902, reemplazó otro antiguo puente de piedra del siglo XVI, que se derrumbó. Además de las impresionantes vistas de las casas de la parte antigua de Cuenca, este puente permite cruzar el río Huécar por la parte más alta gracias a sus sesenta metros de altura.

En plena Hoz del Río Huécar, encima de la carretera que lleva al pueblo de Palomera y justo al otro lado del Parador de Turismo, como si de un cuento de hadas se tratara, se encuentran las Casas Colgadas. Su arquitectura es gótica, y responde a los estándares típicos y populares de otras construcciones conquenses.  Es un auténtico símbolo de la villa de Cuenca. Las Casas Colgadas no dejan indiferente a nadie. En el año 2016 fueron declaradas Bien de Interés Cultural en la categoría de Monumento, título más que merecido.

Del conjunto de estas casas sólo tres son visitables: la casa de la Sirena, que aloja un mesón donde degustar la tradición, y las Casas del Rey, que permiten observar elementos originales de construcción en su interior, como la viguería de madera y que albergan, para deleite de todos, «el más bello pequeño museo del mundo”: el Museo de Arte Abstracto Español.

La primera mención de este monumento histórico se remonta al pintor flamenco Antón Van Den Wyngarede, de 1665. En este cuadro se puede ver toda la cornisa de San Martín y la sucesión de los balcones. Se construyeron entre el siglo XV y XVI, aunque su origen es ciertamente desconocido. Algunos afirman que son de origen musulmán y otros, medieval.

Debido al paso del tiempo y su inaudita edificación de arquitectura gótica, muchas fueron derribadas o se cayeron y solo quedan las tres que conocemos actualmente, que compró el Ayuntamiento de Cuenca en los años 20 del siglo pasado para restaurarlas.

En la actualidad, se sustenta con vigas de pino, mampostería y yeso principalmente. Si nos fijamos en la fachada, veremos los adornos de sillería, aparte de las características rejas de los balcones. Sin embargo, lo curioso es que los balcones colgados, se construyeron mucho después que la casa en sí. Fue en 1927 cuando se instalaron y se convirtieron en un referente.

La variedad de nombres de este monumento histórico de Cuenca resulta curiosa. Lo cierto es que la denominación de “Las casa de los Reyes” se origina debido a que era donde se hospedaban los monarcas en sus visitas. Y pese a que eran conocidas por albergar a reyes, fueron lugar de acogida para personas pobres durante muchos años. Tanta fue su fama, que incluso la casa de la moneda y timbre utilizó las casas colgadas. Lo hizo para imprimirlas en una moneda de las antiguas pesetas, quedando en la actualidad como galería del coleccionista. En cuanto a la casa de la sirena, hay una leyenda que lleva siendo contada desde el siglo XVI. La conocida historia se centra en Catalina, una bella dama habitante de Cuenca, que quedó embarazada del Infante Don Enrique. Este luego se convertiría en el rey Enrique II de Castilla. Recluyó a Catalina y a su hijo para que nadie se enterara, hasta que mandó matar a su hijo. La leyenda dice que Catalina gritaba por su hijo hasta que un día se tiró por la Hoz sin soportar el dolor. Los habitantes de Cuenca decían que aún después de tirarse, se la seguía escuchando. Y que esos gritos se asemejaban al llanto de una sirena.

El Museo de Arte Abstracto Español es el resultado de la generosa iniciativa de Fernando Zóbel, que contó desde el principio con la valiosa colaboración de Gustavo Torner y Gerardo Rueda, junto a la de otros artistas. Constituyó una iniciativa pionera, ya que, hasta la década de los ochenta del siglo pasado, España apenas contaba con instituciones dedicadas a coleccionar y exhibir públicamente arte contemporáneo (abstracto, en este caso) en condiciones museográficas modernas.

En ese contexto, la creación de un museo por unos artistas fue toda una sorpresa. Y se entiende que lo fuera, pues se trataba de un verdadero artist-run space, una expresión que entretanto ha hecho fortuna precisamente para definir los espacios creados por artistas en Europa y Estados Unidos a partir de la década de los sesenta, que son aquellos con los que la iniciativa conquense guarda mayor similitud: el museo fue, sobre todo, un lugar enteramente concebido, creado y sostenido por artistas. Que, además, naciera al margen de la política cultural oficial de un país que aún tardaría diez años en vivir en un régimen democrático, en unos espacios muy singulares cedidos por el ayuntamiento de una pequeña ciudad de provincias atrajo rápidamente la atención de todo el mundo.

Pronto se convirtió enseguida en un referente en el panorama museístico nacional e internacional. Por supuesto, por el arte, una selecta colección de pinturas y esculturas comprendidas entre los años cincuenta y ochenta del siglo pasado, pero también por el edificio histórico que la acoge.

En 1980, Fernando Zóbel donó a la Fundación Juan March su colección de pintura, escultura, dibujo y obra gráfica, así como su biblioteca personal y un conjunto con sus diarios y más de ciento treinta cuadernos de apuntes. Desde entonces, la Fundación es titular del museo y responsable de la preservación y actualización del legado recibido, que ha enriquecido con sus propios fondos y con nuevas adquisiciones.

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Supermanager ACB de Navidad 2025-2026

De manera paralela e independientemente del Supermanager clásico, durante las cuatro trepidantes jornadas de finales de diciembre e inicios de enero se ha disputado el ya habitual SuperManager de Navidad 25-26, con un premio para el ganador final que es el único que motiva a May a que dedique unos minutos a esta gran afición: un viaje para dos personas con gastos pagados a Punta Cana, en la República Dominicana, cortesía de Azulmarino.

Y no hemos estado lejos de disfrutar de la experiencia caribeña. El equipo Feliz Navidaz ha quedado en el top 10 de la clasificación general final, a menos de treinta puntos del ganador del juego.

En las cuatro jornadas disputadas ha obtenido puntuaciones de 213,80, 176,00, 165,20 y 194,20 puntos, respectivamente.

Posiblemente, el fichaje de nuestro querido Dylan Ennis en la jornada 12 fue la clave. No nos hubieran servido los 13 puntos de valoración de Duarte de esa jornada pero sí los 32 de Batemon, que de haber sido incorporado al equipo habría terminado con 778,8 puntos, en cabeza de la clasificación general. No deja de ser una conjetura, pero ya en su momento nos dimos cuenta de la trascendencia de aquel fichaje.

En otra ocasión será. No desesperamos en conseguir la quinta victoria de jornada en el Supermanager clásico y de brillar en estas ediciones, pero cada vez es más difícil por el nivel mostrado por los participantes en este exitoso juego patrocinado por la Liga Endesa.

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16 fotos del 2025

A finales de 2015 empecé la (buena) costumbre de publicar un collage formado por 16 fotos, 16 momentos, a modo de instantánea, de los muchos acontecidos fuera del aula (y algunos dentro), considerando que la clase supone el producto científico y creativo más importante que todo docente elabora.

2015

Desde entonces se convirtió en una buena costumbre. Una buena manera de recordar los instantes más recordados (y fotografiados) de cada año natural. 2016, 2017, 2018, 2019, 2020, 2021, 2022, 2023 y 2024 se fueron sucediendo, y recordando.

2016
2017
2018
2019
2020
2021
2022
2023
2024

En algunos de los últimos años costó un poco más de esfuerzo cumplir con la tradición. El confinamiento, la semipresencialidad y la progresiva vuelta a la normalidad que conllevó la pandemia limitó, y mucho, las actividades no meramente lectivas, pero al fin encontramos esos momentos que recordar.

Con la composición de 2024 pensábamos que había llegado el momento de finalizar esta simpática práctica. Recogía la última clase de Bachillerato, la última práctica de laboratorio, la última clase lectiva, la última Olimpiada de Química, el Aniversario de Investigación, el regreso a Mollina, las inevitables despedidas…

Sin embargo, este 2025 ha supuesto, ahora creemos que sí, el broche final a esta dilatada experiencia profesional. Las exposiciones orales de los dos últimos proyectos de investigación coordinados, el último Congreso Regional de Investigadores Junior, el último (y agridulce) Congreso Nacional de Jóvenes Investigadores, el último Congreso IDIES, el reencuentro con compañeros y amigos del primer destino y del último, y la celebración, íntima y personal, de la jubilación.

2025

Ahora sí, hasta siempre, 16 fotos del…

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Barahonda ⭐

Poco a poco, premio a premio, la gastronomía de la Región de Murcia sigue acumulando reconocimientos que subrayan su gran estado de forma. El último, la primera estrella Michelin a Barahonda, con Alejandro Ibáñez al frente, un yeclano que ha sido nominado a cocinero revelación en Madrid Fusión.

Pese a su juventud, aglutina ya la suficiente experiencia a sus espaldas para mezclar en los platos su toque personal con la reivindicación de la gastronomía local, cualidades que, con infinitud de matices, reúnen el menú degustación que, a modo de comida de Navidad, hemos disfrutado. Sin duda, Alejandro ha consolidado una propuesta gastronómica que fusiona técnica y producto de proximidad con una sensibilidad contemporánea.

Barahonda lleva años trabajando para lograr una distinción así desde un paraje privilegiado. Porque no es solo un restaurante, sino una bodega con una historia centenaria. Llevando siempre Yecla por bandera, la cuarta generación de esta empresa, una de las más consolidadas de esta zona de la Región, ofrece una experiencia doble: cocina de autor rodeada de viñedos. Y todo llevando Yecla por bandera. Su filosofía culinaria pone el foco en el producto local y la temporada, evitando artificios innecesarios y resaltando lo que ofrece la tierra murciana.

El Menú Barrica incluye servicio de pan, siete snacks, seis pases salados, un digestivo, tres postres y Petit Fours. Representa un verdadero viaje por la identidad y los sabores del Altiplano murciano, estructurado en pases que evolucionan desde lo mineral y marino hacia lo tierno y reconfortante, para cerrar con toques dulces que guardan memoria sensorial de la tierra.

Los snacks comienzan con el Queso de cabra murciano con hueva de mújol, que ya define el espíritu del menú: productos sencillos elevados a su máxima expresión. La intensidad y la salinidad de la hueva de mújol contrastan con la untuosidad del queso de cabra, un aperitivo estimulante que prepara al comensal para el recorrido. Reaparece más adelante, un guiño lúdico y reafirmante a la coherencia del discurso culinario.

Las Setas de temporada con mantequilla constituyen un plato que celebra la estacionalidad: setas recogidas en su punto, tratadas con delicadeza y enriquecidas con una mantequilla que acaricia sin enmascarar. Es un momento de calma y textura, claramente ligado al entorno natural que rodea Yecla.

La Créme brûlée de pimiento rojo asado y vinagre supone una reinterpretación sorprendente del clásico dulce francés: aquí se convierte en un interludio ácido y ahumado, donde la dulzura del pimiento se corta con la acidez del vinagre, ofreciendo mucha personalidad y creatividad técnica.

Cuesta trabajo reconocer el Caballito murciano de gamba roja. Más cercano al mar, este pase eleva la gamba roja con una ejecución que resalta su pureza y frescura. Es un momento de marejada gustativa, delicado pero con presencia marcada. Riquísimo.

El Lomo de atún rojo y parpatana glaseada, un juego de dos piezas del atún, el lomo y la parpatana (carrillera), ofrece contrastes de textura y sabor: el lomo limpio y firme junto a la parpatana, jugosa y gelatinosa, glaseada para intensificar su riqueza.

Consumida la cerveza con la que iniciamos la comida era el momento de probar los vinos de la bodega Barahonda. May se ha decantado por una copa de El bicho raro 2022, con doce meses en barricas francesas y americanas. Aunque en Barahonda elaboran vinos principalmente con la variedad Monastrell, este es el considerado como su bicho raro al estar elaborado con Tintorera (70%), Syrah (20%) y donde la Monastrell (10%) es la variedad minoritaria. Jugoso e intenso en boca, muestra notas sutiles de crianza y especias sobre fondo de fruta roja, robusto pero amable, con buen cuerpo, armonioso, complejo y único.

Yo he apostado por el Heredad Candela Petit Verdot 2022, diferente, suculento y con carácter propio. En Barahonda apuestan por esta variedad poco común en España, que se expresa aquí con toda su personalidad tras dieciseis meses en roble americano. Aromas de frutos negros y mineralidad en nariz, con una boca compleja, especiada y fresca. Perfecto con carnes rojas, estofados, arroces, quesos o patés. Porque atreverse también es un arte.

Elaborado con uvas 100% de la variedad Petit Verdot. Existen escasos viñedos en España de esta variedad, que a pesar de llevar poco tiempo en nuestro país se aclimata perfectamente. Pasa en barrica de roble americano dieciseis meses. Sus aromas a frutos negros y de toque mineral, dejan pasar en boca a una complejidad que nos muestra sabores y recuerdos a la madera tostada, tonos especiados y frescos. Un vino complejo, diferente y suculento.

La Anguila ahumada con crema de lías de vino blanco es un golpe de profundidad y complejidad: el ahumado de la anguila, con su potencia, y las lías aportan notas terrosas y vinícolas que conectan la cocina con el ADN de la bodega.

El digestivo Helado de hoja de higuera es una pausa refrescante y verde, casi aromática, que limpia el paladar con un perfil vegetal sutil, recordando el paisaje mediterráneo que bordea el restaurante.

El Chato murciano con ajo negro y uvas encurtidas es el primer pase de carne. Un plato intenso y contundente en el corazón del menú, con el cerdo autóctono murciano como protagonista. El ajo negro aporta umami profundo mientras las uvas encurtidas infunden un contrapunto ácido y dulce.

Para terminar los platos salados, no podían faltar las Peloticas yeclanas, un auténtico guiño al recetario local. Estas pequeñas albóndigas reinterpretan un clásico con precisión técnica, sosteniendo la identidad cultural del menú sin caer en la nostalgia.

El paso dulce hacia los postres empieza con una reinvención del primer aperitivo. Queso de cabra murciano con hueva de mújol, otra vez, ahora a modo de prepostre.

La Manzana asada, canela ahumada y sidra representa una exquisita combinación aromática: la manzana caramelizada se siente familiar, la canela aporta confort y la sidra despierta acidez frutal.

Finalizamos el menú con Miel de Chinchilla con maíz tostado y naranja, un broche dulce y mediterráneo. El maíz tostado añade un juego de texturas, la miel floral se alía con la naranja cítrica para cerrar con luminosidad.

Los ya típicos Petit Fours, tres pequeños bocados que prolongan el final, están destinados a acompañar el café y a dejar una última impresión amable y delicada.

El Menú Barrica no es solo una secuencia de platos, sino un relato construido alrededor de la tierra, el viñedo y la temporada. Cada pase responde a la filosofía del chef de usar ingredientes cercanos, sin artificios ostentosos, pero sí con técnica depurada y sentido emocional hacia el comensal. El resultado es un menú con equilibrio, ritmo y personalidad; uno que, sin duda, contribuye a que Barahonda sea merecedor de su primera Estrella Michelin.

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Publicación de los trabajos finalistas del III Certamen de Investigación «Esther Sánchez»

El 25 de abril de 2025, en el salón de actos del IES «Francisco Ros Giner» de Lorca, se celebró la defensa de los trabajos de investigación seleccionados por el Jurado del III Certamen de Investigación «Esther Sánchez».

El trabajo de Lucía García López, ¿Picará mucho? ¿Picará poco?, fue uno de los seleccionados entre los 35 trabajos presentados. Tras una presentación excepcional de los resultados de su investigación sobre la molécula de capsaicina, fue galardonada con el Primer Premio en la Modalidad de Agricultura, Ciencias de la Salud y Tecnología, dotado con 300 euros.

En el día de hoy, 17 de diciembre de 2025, hemos asistido al acto de entrega de la publicación de los trabajos finalistas del III Certamen de Investigación Esther Sánchez, en el que hemos celebrado la culminación de esta edición y se ha reconocido el esfuerzo, la creatividad y el compromiso de nuestros jóvenes investigadores. El evento ha contado con la presencia de los alumnos finalistas, sus tutores, familiares y amigos.

Los trabajos finalistas incluidos en la publicación son los siguientes:  

Premio Especial ‘Andamur’

¿Son nuestras carreteras una oportunidad de reciclaje? Estudio de viabilidad de la incorporación de plásticos reciclados en mezclas bituminosas para su uso en firmes en la Región de Murcia. Andrés González Sánchez. IES Francisco Ros Giner.

Premios ‘Agricultura, Ciencias de la Salud y Tecnología’

1º Premio – ¿Picará mucho? ¿Picará poco? Lucía García López. IES Alcántara. Coordinado por José María Olmos Nicolás y Josefa Vidal Gómez.

2º Premio – La capuchina, un nuevo alimento: Bueno, bonito y barato. Estudio nutricional de la Tropaeolum majus. Mª de Lourdes Déniz Barnés. IES Francisco Ros Giner.

3º Premio – Inteligencia artificial aplicada a la criptografía: Generación y descifrado de claves. Samuel García Girón. IES Francisco de Goya.

Premios ‘Ética y Sociedad’

1º Premio – Sala de gestión emocional para alumnos del IES Francisco Ros Giner. Marta Boceta Salas. IES Francisco Ros Giner. 

2º Premio – Desde el feed hasta el espejo: Un estudio sobre la autopercepción adolescente y los cánones de belleza en Instagram y anuncios publicitarios. Ariana Senkovec Senkovec.  IES Francisco Ros Giner. 

3º Premio – Diseño y comunicación de los festivales de la Región de Murcia. Marina Belmonte Liza. IES Floridablanca.

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Zamora, Valladolid 2025 (y 14)

Como suelen decir en Pucela: «aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid…«, nos acercamos al río tras realizar las últimas compras y acercarlas al coche. El río Pisuerga es el más importante de la ciudad, tanto pos su caudal y todos los beneficios que el conlleva, como por haber sido durante muchos años el límite de la ciudad, pues hasta los años 70 no se empezó a construir al otro lado del río.

Lo cierto es que May no había visitado Valladolid desde que tenía trece años y sentía cierra morriña del Pisuerga…

La Iglesia de San Miguel y San Julián no quedaba lejos y había sido una recomendación de nuestra guía en la visita panorámica a la torre de la catedral. Su origen está en la fundación de la Casa Profesa de la Compañía de Jesús en 1542 por los Padres jesuitas Pedro Fabro y Antonio de Araoz, que vienen desde Lisboa a traer la devoción de San Antonio de Padua, poniendo la casa bajo su advocación.

La Capilla de San Antonio de Padua conserva la descripción pictórica del siglo XVII. El retablo es de estilo barroco con influencia rococó del siglo XVIII. En la hornacina central se halla una escultura de vestir de San Antonio de principios del siglo XVII que, por su estilo, encaja en los primeros trabajos de Gregorio Fernández. El niño Jesús es posterior, del siglo XVIII, y anónimo.

La Capilla de la Buena Muerte, retablo barroco del siglo XVIII, presenta influencias de la escuela de retablos andaluza, granadina concretamente. El Cristo crucificado con rasgos del estilo de Juan de Juni, probablemente obra de algún discípulo, está acompañado de San Juan, la Virgen y Santa María Magdalena abrazada a la cruz.

La Capilla de la Inmaculada Concepción, retablo rococó del tercer cuarto del siglo XVIII, fue realizado unos años antes de la expulsión de los jesuitas. La talla de la Inmaculada es del círculo de José de Rozas, realizada hacia 1670 e inspirada en una pintura, ya que se dispone con el manto estirado en un plano. Está acompañada de dos esculturas de jesuitas, de autor anónimo del siglo XVIII.

Los ensambladores del retablo de San Francisco Javier fueron Cristóbal, Francisco y Juan Velázquez, tomando por modelo la decoración que diseñó en 1610 Girolamo Rainaldi para la fachada de San Pedro de Roma. Las esculturas y los bustos relicarios son obra de Gregorio Fernández y de su taller, realizados entre 1612 y 1622. Destaca la magnífica escultura de San Francisco Javier, obra de Gregorio Fernández, policromada por Marcelo Martínez en 1623.

El retablo de San Ignacio de Loyola hace pareja con el anterior y en él intervinieron en su ejecución los mismos artistas. Destaca la escultura de San Ignacio, con el atributo de llevar la Iglesia en la mano. Se cuenta que el rostro está sacado de una mascarilla de cera del propio santo en el momento de morir.

El retablo del altar mayor es de Adrián Álvarez y por su estructura responde al modelo de El Escorial, reducido en un cuerpo, siguiendo la traza de Juan de Herrera. En el ático se hallan los monumentales escudos de los Condes de Fuensaldaña. En el banco, en unos relieves apaisados, las cuatro virtudes cardinales (justicia, prudencia, fortaleza y templanza), extraordinariamente ejecutivas, realizadas por Adrián Álvarez en colaboración, probablemente, con Gregorio Fernández. En cuatro grandes tarjetones, unos alto-relieves: la Adoración de los pastores, la Circunscisión de Jesús, la Resurrección y Pentecostés, obra de Adrián Álvarez. En el ático, los cuatro evangelistas y un calvario con San Juan y la Virgen, del mismo autor.

Accedimos a la capilla-sacristía de la Compañía de Jesús, una gran sala que conserva toda la decoración barroca del siglo XVII, con una impresionante colección de pintura. El cuadro de mayor tamaño, “La Apoteósis de la Eucaristía”, es obra de Felipe Gil de Mena.

Esta gran sala, aparte de servir de magno vestuario, está preparada para el culto divino. Por ello, en la cabecera se contempla una gran pintura mural que finge un retablo, un trampantojo. Se trata de una gran obra pictórica, desarrollada en el muro, aunque el tabernáculo está realizado en tabla recortada y un lienzo donde está pintada la Inmaculada y, a los lados, San Joaquín y Santa Ana, de color oro, atribuido todo el conjunto a Felipe Gil de Mena. En el vano de la ventana superior se halla una gran escultura de San Miguel, del círculo de José de Rozas, del siglo XVIII.

En la actualidad, la capilla-sacristía expone una muestra de la contigua capilla relicario, que contiene un rico patrimonio con pequeños relicarios tipo arquetas, brazos, bustos, estatuas, pirámides, entre otros.

El retablo relicario y los evangelistas son de la escuela de Gregorio Fernández. En la calle central se halla un crucifico de bronce con cruz de madera de ébano, una Virgen con el Niño que sustituye a la original, un San Miguel pequeñito que se colocaría cuando vino la parroquia a ocupar el templo, y una estatuilla de la Virgen con el Niño, de alabastro, obra del siglo XV, conocida como la Virgen de Trapani. Existen otras muchas piezas de valor en esta estancia.

A la salida nos dirigimos a la Casa de José Zorrilla, el inmortal autor de Don Juan Tenorio, que nació aquí el 21 de febrero de 1817. Pasó en ella su infancia y a ella regresó en 1866. El Ayuntamiento de Valladolid adquirió el inmueble en 1917 para convertirla en Casa-museo en la que recibir los enseres del poeta donados, entre otros, por su viuda.

En su interior, la Casa recrea a la perfección el ambiente romántico del siglo XIX. Su magnífico jardín es uno de los rincones más hermosos de la ciudad.

Aunque puede ser visitada, de forma guiada y gratuita, durante todo el año, el día de nuestra visita se hallaba cerrada por la celebración de un recital de poesía.

De camino al centro pasamos por la iglesia de San Martín y San Benito el Viejo, en la que se celebraba el Triduo a la Virgen de la Piedad, además de la entrega del VI Premio Francisco Javier Cartón, al que asistimos motivados por la posibilidad de asistir a la celebración religiosa con la participación de una coral de reconocida prestancia.

Ya en la misma calle del hotel hicimos un alto para el tapeo de rigor en El Farolito. Había que preparar el equipaje para el regreso a tierras murcianas que se produjo sin mayores incidencias, y sin la temida nieve, que se quedó en tan solo una amenaza. La obligada parada en la Roda a la hora de comer y en casa, a tiempo para recoger a Sara.

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